Una breve historia del Tarot
El tarot nace en Italia, no en Egipto ni entre los gitanos. Los primeros testimonios documentados se remontan a Milán y Ferrara hacia 1440, cuando el duque Filippo Maria Visconti encargó una baraja pintada a mano: el célebre Visconti-Sforza, conservado hoy entre Yale, la Accademia Carrara y colecciones privadas. Durante más de tres siglos los tarots permanecen como un juego cortesano. Se llamaban "trionfi" y se usaban en partidas comparables al moderno bridge.
El giro esotérico es francés y está datado en 1781. Antoine Court de Gébelin publica en su Monde primitif la teoría — completamente infundada — según la cual los tarots conservarían la sabiduría secreta de los antiguos sacerdotes egipcios, salvada del incendio de la biblioteca de Alejandría. Pocos años después Jean-Baptiste Alliette, en arte Eteilla, codifica el primer método adivinatorio estructurado. El siglo XIX consolida el movimiento con Eliphas Lévi y Papus, y culmina en 1909 con la baraja Rider-Waite-Smith dibujada por Pamela Colman Smith según indicaciones de Arthur Edward Waite: la primera en ilustrar también los arcanos menores con escenas narrativas, y el modelo dominante en el mundo anglosajón aún hoy.
La tradición hispana se ha mantenido más cercana al Tarot de Marsella, fijado en Lyon entre finales del siglo XVII y principios del XVIII por grabadores como Jean Dodal y Jean-Pierre Payen. El Marsella habla un lenguaje simbólico más austero: arcanos menores no ilustrados, figuras estilizadas, gama cromática limitada a seis colores litúrgicos. Es la lengua materna de los tarotistas profesionales en España y Latinoamérica.
Lo que vale la pena recordar: el tarot es un artefacto cultural italiano, releído en clave esotérica por los franceses y luego globalizado por los ingleses. Quien los usa hoy está dialogando con tres siglos de estratificación simbólica.
